Wall Street es un desastre, un laberinto, una maraña de contradicciones, grandes y pequeños - un imán para la envidia y la indignación, temor y adoración. ¿Por qué "Wall Street", la película, habría de ser diferente?
El título completo de la agitada nuevo capítulo de Oliver Stone, en el ciclo de Gordon Gekko - una secuela convencional que es también un correctivo- es "Wall Street: Money Never Sleeps", y tiene la película una inquietud insomne que es a veces emocionante y otras enervante. La película es tan volátil como el Dow Jones en un día cualquiera. El Sr. Stone y los guionistas (Allan Loeb y Stephen Schiff) se apresuran a captar los ritmos cacofónicos culturales de este momento, la crisis económica.
Evocando más directamente esas semanas húmedas y vertiginosas a finales del verano y principios del otoño de 2008, cuando la crisis tan profetizada del capitalismo parecía estaral caer, "Wall Street: Money Never Sleeps" muestra una ambición grandiosa adecuada a su objeto. En otras palabras, el señor Stone, no tanto por la modestia, la sutileza o el cálculo cuidadoso del riesgo, ha escrito algo mucho mayor de lo que jamás podría aspirar en dinero en efectivo.
La verdadera historia de la calamidad financiera moderna es tan enorme, tan intrincada y confusa que cualquier destilación de ficción será siempre insuficiente. Pero durante la película también hay momentos dignos, y un sentido radical de drama moral a pesar de las inexactitudes y inverosimilitudes. Esta película es por momentos brillante y a veces tonta, ingenua y sabia, pero muy alejada de ser una gran película.
El dinero no es realmente el tema del señor Stone. En sí misma es demasiado abstracta, demasiado fría e impersonal por su sensibilidad romántica. La primera "Wall Street" se preocupaba más por la cuestión del poder y sus efectos- el honor, la lealtad, el orgullo y la vergüenza.
En la persona de Gordon Gekko, interpretado en ambas ocasiones con grandilocuencia leoninas y reptil astucia por Michael Douglas, Stone ha concebido uno de los villanos definitivos de la cultura popular moderna. Pero no se trata de un villano acorde con lo que se está contando, sino más bien un villano poético. No se tratan con exactitud los problemas financieros, sino cuestiones dramáticas personales en un batiburrillo mal ambientado y, muchas veces extremadamente tedioso, sin gracia ni ritmo, pero entretenido para aquellos que estén más o menos interesados en la economía.

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